Se ha dicho y escrito mucho acerca de las causas de la actual crisis financiera y económica mundial; y es importante que intentemos generar un debate serio y responsable en torno a todas ellas, para que en el futuro una situación así no se repita.Básicamente, las líneas explicativas del colapso económico global han sido cuatro: 1) la ausencia del Estado fruto de la pasión desreguladora del neoliberalismo; 2) una acumulación de intervenciones torpes del Estado que fueron generando desequilibrios en la economía; 3) la ausencia de instituciones mundiales que puedan regular de manera efectiva un sistema financiero globalizado; 4) una contradicción intrínseca del capitalismo.
En relación a la primera de estas líneas explicativas, se ha hecho hincapié en que, en 1999, Bill Clinton promulgó una ley que derogaba en esencia la Glass-Steagal Act de 1933, un instrumento que había ayudado a evitar otro crack como el de 1929 separando la banca comercial de la de inversión, prohibiendo que los bancos tuvieran compañías financieras, restringiendo la especulación de los bancos en las bolsas y estableciendo una fuerte reglamentación antimonopolio en materia financiera. Todo esto, se suponía, evitaría la especulación y la corrupción en el sistema financiero, un sistema que, fruto de la naturaleza de la economía industrial y de regulaciones estatales, se había vuelto un epicentro neurálgico de la economía, capaz de irradiar hacia toda ella ante la menor falla.
La Glass-Steagal Act había surgido luego del pormenorizado estudio de una comisión especial del Congreso norteamericano, o sea que se trataba -con cosas para mejorar o no- de una regulación técnica, producto de la experiencia. De hecho, en los años previos al crack del '29, se había evidenciado mucha corrupción, especulación y pérdida de noción de la realidad en el sistema financiero. Esta es, claro está, una opinión muy difundida entre los neokeynesianos y críticos del neoliberalismo, aunque también una cada vez mayor cantidad de liberales reconocen que, al haber reemplazado la acción del Estado a favor de la competencia y la libertad por una mera desregulación dogmática o inacción estatal, el neoliberalismo se apartó del verdadero liberalismo.
Por su parte, en relación a la supuesta acumulación de intervenciones torpes y negativas en la economía por parte del Estado -opinión más difundida entre los liberales- se ha señalado que, durante la década de los 90, también Clinton, ante la subida de los precios de las tierras, decidió promover la inversión inmobiliaria para facilitar el acceso a la vivienda. Y esto lo hizo, por un lado, limitando la capacidad de los bancos para exigir garantías al momento de dar préstamos y, por otro, creando “empresas garantizadas por el Estado” que pudieran incrementar artificialmente la oferta inmobiliaria. Todo ello habría generado una suba artificial de los precios inmobiliarios y una sobreestimación acerca de su probable subida, lo cual habría producido, de a poco, una burbuja especulativa. Y esta burbuja especulativa habría estallado con mayor fuerza de lo normal debido a una reducción equivocada de la tasa de interés de referencia por parte de la Reserva Federal, hecho que, para muchos, es una demostración más de que, en una economía compleja y con realidades diversas, la manipulación centralizada y discrecional de la tasa de interés de referencia puede generar desacoples que conduzcan hacia efectos adversos.
Por otra parte, algunos analistas señalan también como una de las causas de la crisis el inmenso gasto militar de Estados Unidos, que ha llevado su gasto público a la escandalosa cifra del 37% del PBI, casi el doble -por ejemplo- que el de Chile. Esto habría afectado la inversión y generado una situación de debilidad en la economía que la habría colocado en una posición más dificultosa para afrontar cualquier exabrupto.
Otros agregan que, en parte, la suba de los precios inmobiliarios -que se pretendió solucionar con medidas intervencionistas- habría sido causada por el propio régimen de tierras, no lo suficientemente cercano al propuesto por Henry George en el siglo XIX, consistente en una concentración de la fuente de los recursos del Estado en la renta fundiaria o ganancias de la tierra sin edificar, a los efectos de disminuir los precios de los terrenos, facilitar su acceso, desalentar la especulación y, en lo posible, liberar el trabajo de impuestos excesivos y contraproducentes.
En relación a las dificultades de un universo político nacionalizado para atender problemas que presentan una nota crecientemente mundial, se han escuchado muchas opiniones, y de las más fundadas y creíbles, como la de Juan José Sebreli. Para este intelectual, es imposible que los Estados nacionales puedan actuar de manera integral y efectiva sobre un sistema financiero que los sobrepasa y avasalla, y que requiere de acciones globales nutridas de sistemas de información también de alcance mundial.
Por último, también se han escuchado voces que aclaman el fin del capitalismo, alegando que la crisis actual y la de 1929 no habrían sido casuales y que, salvo por guerras destinadas a alimentar el capital, el capitalismo generaría con el tiempo crisis cada vez más graves y recurrentes. Se alega que, en definitiva, nunca se van a poder superar los ciclos mientras exista el capitalismo, y hasta es probable que cada vez tengamos menos herramientas para hacerlo.
Sin embargo, de todas las teorías usadas para explicar la situación actual, esta última parece ser la más distante de la realidad y la menos constructiva. En primer lugar, porque las crisis recurrentes del capitalismo que señalan se producen dentro de niveles cada vez más altos de desarrollo. En segundo término porque, en vez de ayudar a superar la crisis corrigiendo el sistema existente, proponen volver a un sistema estático y esclavizante que ha agonizado y agoniza en todos los lugares en donde fue o está siendo aplicado.
A este respecto, es importante señalar que una economía industrial y masificada necesariamente va a presentar un comportamiento cíclico, debido a que, en ella, los empresarios deben producir en serie de manera centralizada, o sea que se ven obligados a calcular la demanda antes de producir. Esto hace que el error humano, y la falta de una información totalmente exacta acerca de cuánto se va a vender, genere, cada tanto, períodos de sobreproducción, que necesitarían de un período de retracción para recuperar la senda del crecimiento.
Por lo tanto, en este punto la cuestión fundamental no es negar la naturaleza cíclica de la economía industrial sino, en todo caso, analizar cómo pueden ser esos ciclos morigerados y, asimismo, qué puede hacerse para lograr que los efectos sociales de los ciclos económicos sean menores o por lo menos socialmente tolerables.
A medida que la civilización y las tecnologías de la información avancen, la automatización de la producción de bienes materiales y la baja en el costo de la información harán que la producción sea cada vez más individualizada y en tiempo real. Es decir, la producción responderá con exactitud a la demanda y no habrá ciclos económicos. El consumidor enviará un mensaje con sus datos al productor y éste activará una maquinaria que producirá a la medida del consumidor, si es que el consumidor todavía no tiene en su casa una máquina similar y no es ya un “prosumidor”, como diría Toffler. Pero, hasta entonces, debemos intentar analizar todas las razones que se han indicado acerca de los orígenes de la actual crisis mundial, con una mentalidad abierta, para poder solucionarla lo antes posible y evitar que vuelva a suceder en el futuro.
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