Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo (Lincoln).

martes 28 de abril de 2009

TEORÍAS ARGENTINAS

El día martes 28 de abril, en un encendido y dinámico debate, se cruzaron los dirigentes Diana Conti, del Frente para la Victoria, Martín Sabbatella, del partido Nuevo Morón, y Fernando Iglesias, de la Coalición Cívica, en el marco del programa televisivo Palabras más, palabras menos. Los mismos protagonizaron un intercambio sumamente enriquecedor, no porque alguno de ellos sea dueño de la verdad absoluta, sino porque, precisamente, la diversidad y claridad de sus exposiciones ventilaron una serie interesante de teorías o visiones sobre la extraña y aparentemente impredecible realidad política de nuestro país. Resumiendo, sus alegatos fueron los siguientes:
Diana Conti, siguiendo la línea agresiva y simplista decidida por Néstor Kirchner en su campaña por el conurbano bonaerense, se dedicó a defenestrar a la oposición, a tildarla de “neoliberal” y a agredirla sin destapar demasiados argumentos, por no decir ninguno. Su teoría consiste en que la oposición, por no estar de acuerdo con las nulas o escasísimas ideas y propuestas del oficialismo, defiende intereses “contrarios a los populares”. No se detuvo en explicar por qué habría que pensar que la oposición defiende intereses ilegítimos, simplemente lo anunció.
Por su parte, Fernando Iglesias, con una bastante mayor capacidad, argumentación y serenidad, realizó una división de aguas similar. De un lado se encontrarían ellos, los de la Coalición Cívica, y del otro los demás, la “vieja política”, los intendentes del conurbano, los caudillos, los aparatos clientelares. A pesar de la brillantez con que el diputado Iglesias supo exponer los fracasos del gobierno kirchnerista, parece no haber logrado una explicación suficientemente integral y creíble de las razones del fracaso argentino en las últimas décadas. Para él el justicialismo es la personificación de la maldad, y todo lo demás es inocente.
Esta simplificación exagerada fue acertadamente señalada por Martín Sabbatella, quien le recalcó a Iglesias que el radicalismo también había participado en muchos gobiernos provinciales y en gobiernos nacionales durante las últimas décadas, que también había sido dominado y manipulado por aparatos clientelares verticalistas y oportunistas que no hacen sino sacarle provecho a la realidad en beneficio propio de manera permanente y denodada. Sin embargo, a pesar de esta precisa observación, Sabbatella no dejó de caer en la misma división de aguas que el resto: la camada de dirigentes de Morón que él representa son los buenos, los puros, y todos los demás son los malos. No importa si la Coalición Cívica y el PRO demuestran comprometerse con una reforma política a favor de la democracia y la transparencia, “son el pasado”.
Creo, personalmente, que la realidad política argentina es más compleja. Es cierto que el radicalismo y el justicialismo están en gran medida sostenidos sobre aparatos clientelares que permiten una concentración excesiva del poder político, que incentivan la corrupción, permiten la impunidad y terminan concentrando los mercados y generando la pobreza estructural que le posibilita a esa organización clientelar reproducirse y retroalimentarse. Pero creer que, porque dos estructuras nuevas, sostenidas en los electorados más independientes, fundamentalmente de clase media, basadas en la comunicación de ideas y altamente presionadas por el pueblo fruto de su forma de organización y obtención del poder, por el sólo hecho de servirse de algunos desprendimientos de las estructuras tradicionales que han quedado fuera del sistema de prebendas, van necesariamente a contaminarse y transformarse en más de lo mismo, me parece también una simplificación exagerada. Esto último no ayuda a la construcción de consensos que podrían permitir que esas fuerzas nuevas se unan y no necesiten correr el riesgo de servirse de algunos resabios de aparatos tradicionales, además de que ese rechazo casi ciego y frenético hacia aquello que es lo más nuevo del sistema político argentino lleva al desaprovechamiento de herramientas fundamentales que podrían hacer, si se las maneja bien, que ocurra un cambio definitivo en la política de nuestro país.
El debate entre estos tres dirigentes de la política argentina, me parece, pone en evidencia la complejidad del momento político que vivimos, así como también la falta de ese sano pragmatismo y de ese liderazgo de estadista que le ha permitido a otras sociedades construir democracias libres y verdaderas antes que nosotros.

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Soberanía

Corrientes Hoy

Fundación Libertad


lunes 23 de marzo de 2009

LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS

“La madre de todas las batallas”, se le escucha decir a la gente del gobierno en referencia al proyecto de ley de radiodifusión que actualmente promueve el oficialismo. No es el hambre, el conflicto agrario, el aumento de la pobreza, la crisis mundial, la corrupción escandalosa o la debilidad de nuestras instituciones democráticas lo que acecha en sus mentes. Ninguno de estos tópicos es para el gobierno “la madre de todas las batallas”. Muy al contrario, prácticamente no los mencionan. En este momento, aquí y ahora, la madre de todas las batallas, para el oficialismo, es su ley de radiodifusión.
Si uno analiza la ley en detalle, puede darse cuenta de la razón por la cual el gobierno está de repente tan ansioso por sancionar, pasados más de cinco años desde que llegó al poder, una nueva ley de radiodifusión.
No es para luchar contra Clarín o los monopolios, como dicen algunos. De hecho, fue el oficialismo el que les dio la orden a sus funcionarios y legisladores de aprobar la última fusión del Grupo Clarín, que lo colocó en el mercado en una posición bastante más dominante de la que tenía anteriormente. Resulta claro, entonces, que la intención del gobierno nunca fue terminar con la posición dominante de Clarín ni desconcentrar el mercado de medios.
Lo que desea el gobierno, en un momento en que parece estar encaminado hacia una derrota legislativa, es asegurarle un poder sorprendente y perdurable en materia de información a sus ya acaudalados socios económicos, como el millonario empresario de medios Rudy Ulloa, otrora chofer de Néstor Kirchner en Santa Cruz, o el poderosísimo Moyano, favorecido por el gobierno con subsidios, reglamentaciones y ahora también quizás con la destitución de Graciela Ocaña, ministra de Salud proveniente del ARI, que había empezado a investigar la malversación de fondos de obras sociales por parte de los sindicatos monopólicos y verticalistas que tenemos.
Cabe preguntarse por qué el proyecto del gobierno recibió un “no” tan rotundo de parte de toda la oposición, que desde hace mucho reclama una reforma en esta materia y que no puede estar percibiendo ningún rédito político al oponerse tan duramente en un momento de fortaleza, quedando como la “oposición automática” por la cual la quiere hacer pasar el oficialismo.
La respuesta está en que, lejos de favorecer la desconcentración y la pluralidad en el mercado de medios, el actual proyecto del oficialismo habilita a sectores monopólicos, con rentas extraordinarias generadas a su favor por acción del gobierno, a entrar en el mercado y ocupar espacios importantes que quedarían libres luego de la desinversión a la cual serían obligadas algunas de las empresas de medios actuales. Además de los sindicatos y los testaferros como Rudy Ulloa, obtendrían acceso al mercado de medios las poderosas y concentradas telefónicas y los contratistas del Estado.
Pero eso no es todo. El proyecto del gobierno disminuye el período de duración de una licencia de 15 a 10 años (en España acaba de subirse a 15), convierte a la TV paga en “servicio de interés público”, lo que le conferiría al Estado el poder de intervenir en sus contenidos, y prevé que cada dos años la autoridad de aplicación revise las reglas establecidas para la concesión de licencias, “con el objeto de resguardar la competencia y el interés público”, lo que en la práctica significaría que el Poder Ejecutivo asumiría una atribución parlamentaria con un fuerte contenido de discrecionalidad y capacidad de extorsión, en una materia tan sensible para la democracia como lo es el acceso a la información. De hecho, para el especialista Gabriel Bouzat, la iniciativa da “mucha discrecionalidad” a la autoridad de aplicación
No es la primera vez que el gobierno accede a reformar leyes que muchos desean que sean reformadas, abusando de la ingenuidad de muchos intelectuales, mientras agrega a la reforma puntos cruciales que la desvirtúan y le conceden al gobierno de turno un poder excesivo y discrecional, haciendo retroceder la democracia y los derechos y garantías del pueblo. Para reducir la burocracia tuvieron que aumentar la injerencia del Ejecutivo en la Justicia, para captar una supuesta renta extraordinaria tuvieron que castigar con la misma fuerza a pequeños y grandes productores, y ahora, para desconcentrar el mercado de medios, les abren las puertas para avanzar sobre los mismos a sectores concentrados y afines de la economía.
En la historia de la humanidad, cuando los gobiernos quisieron perpetuarse en el poder a pesar de un creciente descontento popular, no hicieron más que intervenir, monopolizar y manipular la información, alentando la desconfianza, disminuyendo la capacidad de la gente para cooperar y organizarse y dificultando enormemente la tarea de los políticos opositores y las instituciones intermedias. En todos los casos el resultado fue una mayor violencia, mayor pobreza y menor democracia.
Si el actual proyecto de ley de radiodifusión del oficialismo es aprobado, y si el gobierno llegara a salir relativamente fortalecido de las próximas elecciones legislativas, creo que los partidos opositores deberán preguntarse qué hacen que no están unidos, la sociedad deberá asumir el sacrificio que implica la democracia y los estudiantes deberemos plantearnos, quizás, la posibilidad de organizarnos y movilizarnos libre y democráticamente, por fuera de las estructuras estatales y partidarias, para levantar una voz espontánea, directa y esperanzadora en defensa de los derechos humanos y de la democracia, como lo han hecho y lo están haciendo tan brillantemente los estudiantes venezolanos.

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Agancia Comunas

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Fundación Libertad

sábado 21 de marzo de 2009

TODAS LAS CULTURAS PUEDEN Y LA NATURALEZA DE LO POLÍTICO

A lo largo de la historia han surgido, especialmente durante la era industrial, por la marcada diferencia que existía entre sociedades agrícolas e industriales, corrientes de pensamiento que hacían una distinción entre culturas que por su naturaleza podrían progresar y culturas que por su naturaleza jamás podrían hacerlo.
Sin embargo, esta línea de pensamiento está en completo desuso hoy en día. Esto es porque, luego de la II Guerra Mundial, o sea, a partir del comienzo de la era de la información, la forma de entender el mundo cambia radicalmente. Y, como parte de este cambio radical, se elimina todo prejuzgamiento sobre la
capacidad de las personas que nacen en sociedades más atrasadas. Comienza a comprenderse que son otras las fuerzas que condenan al estancamiento a distintas sociedades del globo. Y son fuerzas que no necesariamente provienen de la capacidad de las personas.
Se entiende que todas las personas, por el simple hecho de ser seres humanos, poseen el don natural de la creatividad individual. Por lo tanto, todos tenemos una mínima capacidad de generar riqueza, perfeccionarnos y progresar, que se incrementa a medida que poseemos mayores posibilidades de cooperar con otras personas. Pero este don natural y esa posibilidad muchas veces son inhabilitados o reprimidos por factores externos, tales como la concentración excesiva del poder en los gobernantes. Y resulta fundamental, para entender por qué la generación de riqueza requiere de una cierta desconcentración del poder político, indagar sobre la naturaleza misma del poder político y compararla con la de la riqueza.
Es importante aclarar que el poder político, entendido como capacidad de influir en el comportamiento de las personas con el respaldo de la violencia, sea ésta latente o efectiva, es un bien rival. Esto quiere decir que existe por sí mismo, no puede generarse. Es decir, las posibilidades o límites físicos del comportamiento humano estarán dados por la naturaleza y la tecnología, y más allá de eso permanecerán invariables. Luego, esa especie de cantidad de comportamiento disponible, podrá dividirse entre gobernantes y gobernados según el sistema político existente.
A diferencia de la riqueza, que se genera con el trabajo, el poder político se concentra y se absorbe si se lo acumula, dejando a las demás personas con una menor capacidad para influir sobre su propio comportamiento, y por lo tanto con una menor capacidad para crear riquezas y edificarse un futuro digno, debido al menor poder de decisión, cooperación y adaptación a las circunstancias. Por eso la democracia ha sido condición para que los países se desarrollen, entendida ésta como desconcentración del poder político.
A veces la delegación de poder en autoridades representativas es necesaria para llevar a cabo actividades socialmente necesarias que los individuos no podrían llevar a cabo por sí mismos, pero esta clase de intervención amplía, y no reduce, la esfera de influencia y poder de los ciudadanos.
La sola existencia del Estado representativo implica cierta concentración del poder, pero la misma es un mal menor en relación a la anarquía, el avasallamiento del más fuerte y la pobreza fruto de una menor libertad y seguridad para cooperar que resultarían de una desconcentración exagerada del poder político y de la incapacidad para encarar problemas nacionales o transnacionales de manera integral. Queda claro que en ese marco de ausencia del Estado el resultado sería una mayor, y no menor, concentración del poder político. Por eso no está mal decir que la tarea de los gobernantes debiera ser la búsqueda de la mayor desconcentración posible del poder político, evitando el autoritarismo pero sin caer en la ausencia del Estado, que produce un vacío de poder que termina generando un autoritarismo mayor.
A lo largo de la historia, se ha visto cómo culturas consideradas ajenas a los supuestos "valores occidentales" se han modernizado, democratizado y desarrollado. Basta citar los ejemplos de Japón, Corea del Sur, Chile o incluso en gran medida Turquía. Y esto es una demostración más de que el progreso es originado, no por una cierta identidad cultural o procedencia geográfica, sino por la desconcentración del poder que implica una mayor cantidad de herramientas a disposición de la gente para generar riqueza, cooperar y edificarse paulatinamente un futuro próspero y feliz. Y esta desconcentración del poder político ha sido maximizada por medio de la división e independencia de los poderes, el Estado de Derecho, las elecciones libres, la descentralización administrativa, simplificación y reducción de impuestos, entre los puntos más importantes.
No sería errado, por lo tanto, mantener un generalizado optimismo acerca del futuro de la humanidad. Y esto no implica caer en la ingenuidad de creer que el poder va a desconcentrarse automáticamente, sin requerir de grandes esfuerzos ciudadanos que triunfen sobre intereses creados, los prejuicios y la ignorancia. Lo que esto implica es que podemos mantener las esperanzas intactas, juntar fuerzas y seguir adelante a través de los desafíos y las adversidades, ya que todas las personas, tarde o temprano, se juntarán al progreso y bienestar, siempre y cuando no sean engañadas o sometidas por personajes cuyo único real objetivo sea concentrar el poder ajeno por incompetencia o egoísmo.

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Fundación Libertad


jueves 19 de marzo de 2009

LA CRISIS MUNDIAL Y EL DEBATE QUE NOS DEBEMOS

Se ha dicho y escrito mucho acerca de las causas de la actual crisis financiera y económica mundial; y es importante que intentemos generar un debate serio y responsable en torno a todas ellas, para que en el futuro una situación así no se repita.
Básicamente, las líneas explicativas del colapso económico global han sido cuatro: 1) la ausencia del Estado fruto de la pasión desreguladora del neoliberalismo; 2) una acumulación de intervenciones torpes del Estado que fueron generando desequilibrios en la economía; 3) la ausencia de instituciones mundiales que puedan regular de manera efectiva un sistema financiero globalizado; 4) una contradicción intrínseca del capitalismo.
En relación a la primera de estas líneas explicativas, se ha hecho hincapié en que, en 1999, Bill Clinton promulgó una ley que derogaba en esencia la Glass-Steagal Act de 1933, un instrumento que había ayudado a evitar otro crack como el de 1929 separando la banca comercial de la de inversión, prohibiendo que los bancos tuvieran compañías financieras, restringiendo la especulación de los bancos en las bolsas y estableciendo una fuerte reglamentación antimonopolio en materia financiera. Todo esto, se suponía, evitaría la especulación y la corrupción en el sistema financiero, un sistema que, fruto de la naturaleza de la economía industrial y de regulaciones estatales, se había vuelto un epicentro neurálgico de la economía, capaz de irradiar hacia toda ella ante la menor falla.
La Glass-Steagal Act había surgido luego del pormenorizado estudio de una comisión especial del Congreso norteamericano, o sea que se trataba -con cosas para mejorar o no- de una regulación técnica, producto de la experiencia. De hecho, en los años previos al crack del '29, se había evidenciado mucha corrupción, especulación y pérdida de noción de la realidad en el sistema financiero. Esta es, claro está, una opinión muy difundida entre los neokeynesianos y críticos del neoliberalismo, aunque también una cada vez mayor cantidad de liberales reconocen que, al haber reemplazado la acción del Estado a favor de la competencia y la libertad por una mera desregulación dogmática o inacción estatal, el neoliberalismo se apartó del verdadero liberalismo.
Por su parte, en relación a la supuesta acumulación de intervenciones torpes y negativas en la economía por parte del Estado -opinión más difundida entre los liberales- se ha señalado que, durante la década de los 90, también Clinton, ante la subida de los precios de las tierras, decidió promover la inversión inmobiliaria para facilitar el acceso a la vivienda. Y esto lo hizo, por un lado, limitando la capacidad de los bancos para exigir garantías al momento de dar préstamos y, por otro, creando “empresas garantizadas por el Estado” que pudieran incrementar artificialmente la oferta inmobiliaria. Todo ello habría generado una suba artificial de los precios inmobiliarios y una sobreestimación acerca de su probable subida, lo cual habría producido, de a poco, una burbuja especulativa. Y esta burbuja especulativa habría estallado con mayor fuerza de lo normal debido a una reducción equivocada de la tasa de interés de referencia por parte de la Reserva Federal, hecho que, para muchos, es una demostración más de que, en una economía compleja y con realidades diversas, la manipulación centralizada y discrecional de la tasa de interés de referencia puede generar desacoples que conduzcan hacia efectos adversos.
Por otra parte, algunos analistas señalan también como una de las causas de la crisis el inmenso gasto militar de Estados Unidos, que ha llevado su gasto público a la escandalosa cifra del 37% del PBI, casi el doble -por ejemplo- que el de Chile. Esto habría afectado la inversión y generado una situación de debilidad en la economía que la habría colocado en una posición más dificultosa para afrontar cualquier exabrupto.
Otros agregan que, en parte, la suba de los precios inmobiliarios -que se pretendió solucionar con medidas intervencionistas- habría sido causada por el propio régimen de tierras, no lo suficientemente cercano al propuesto por Henry George en el siglo XIX, consistente en una concentración de la fuente de los recursos del Estado en la renta fundiaria o ganancias de la tierra sin edificar, a los efectos de disminuir los precios de los terrenos, facilitar su acceso, desalentar la especulación y, en lo posible, liberar el trabajo de impuestos excesivos y contraproducentes.
En relación a las dificultades de un universo político nacionalizado para atender problemas que presentan una nota crecientemente mundial, se han escuchado muchas opiniones, y de las más fundadas y creíbles, como la de Juan José Sebreli. Para este intelectual, es imposible que los Estados nacionales puedan actuar de manera integral y efectiva sobre un sistema financiero que los sobrepasa y avasalla, y que requiere de acciones globales nutridas de sistemas de información también de alcance mundial.
Por último, también se han escuchado voces que aclaman el fin del capitalismo, alegando que la crisis actual y la de 1929 no habrían sido casuales y que, salvo por guerras destinadas a alimentar el capital, el capitalismo generaría con el tiempo crisis cada vez más graves y recurrentes. Se alega que, en definitiva, nunca se van a poder superar los ciclos mientras exista el capitalismo, y hasta es probable que cada vez tengamos menos herramientas para hacerlo.
Sin embargo, de todas las teorías usadas para explicar la situación actual, esta última parece ser la más distante de la realidad y la menos constructiva. En primer lugar, porque las crisis recurrentes del capitalismo que señalan se producen dentro de niveles cada vez más altos de desarrollo. En segundo término porque, en vez de ayudar a superar la crisis corrigiendo el sistema existente, proponen volver a un sistema estático y esclavizante que ha agonizado y agoniza en todos los lugares en donde fue o está siendo aplicado.
A este respecto, es importante señalar que una economía industrial y masificada necesariamente va a presentar un comportamiento cíclico, debido a que, en ella, los empresarios deben producir en serie de manera centralizada, o sea que se ven obligados a calcular la demanda antes de producir. Esto hace que el error humano, y la falta de una información totalmente exacta acerca de cuánto se va a vender, genere, cada tanto, períodos de sobreproducción, que necesitarían de un período de retracción para recuperar la senda del crecimiento.
Por lo tanto, en este punto la cuestión fundamental no es negar la naturaleza cíclica de la economía industrial sino, en todo caso, analizar cómo pueden ser esos ciclos morigerados y, asimismo, qué puede hacerse para lograr que los efectos sociales de los ciclos económicos sean menores o por lo menos socialmente tolerables.
A medida que la civilización y las tecnologías de la información avancen, la automatización de la producción de bienes materiales y la baja en el costo de la información harán que la producción sea cada vez más individualizada y en tiempo real. Es decir, la producción responderá con exactitud a la demanda y no habrá ciclos económicos. El consumidor enviará un mensaje con sus datos al productor y éste activará una maquinaria que producirá a la medida del consumidor, si es que el consumidor todavía no tiene en su casa una máquina similar y no es ya un “prosumidor”, como diría Toffler. Pero, hasta entonces, debemos intentar analizar todas las razones que se han indicado acerca de los orígenes de la actual crisis mundial, con una mentalidad abierta, para poder solucionarla lo antes posible y evitar que vuelva a suceder en el futuro.
Atículo publicado en:

martes 10 de marzo de 2009

EL ÚLTIMO RECURSO DEL AUTORITARISMO

Es cada vez más evidente e identificable, en la Argentina, una corriente de pensamiento que, tomando recursos intelectuales propios de toda ideología totalitaria, como la idea de que se necesita concentrar el poder político para distribuir riquezas, que la riqueza no se genera sino que existe por sí misma y sólo hay que distribuirla, o que el subdesarrollo es fundamentalmente culpa de las personas o países que primero se desarrollaron, intenta aceptar discursivamente la democracia sin reconocer cabalmente el fracaso del autoritarismo y el totalitarismo en el mundo.
La glorificación del conflicto parece ser el último recurso del autoritarismo ante la irremediable demostración de éxito de la democracia liberal o republicana en todo el planeta. A los recursos tradicionales del autoritarismo ya nombrados, todos ellos meras justificaciones de una concentración máxima del poder político que habilita la discrecionalidad necesaria para usar el poder público para fines particulares, sólo añaden una cierta veneración por el conflicto que les permite hablar de democracia a pesar de estar luchando, lo sepan o no, contra ella.
De esta manera, suponen que los intereses de las personas son contrapuestos (consecuencia directa de la idea de que la riqueza no se genera sino que existe por sí misma). Esa glorificación del conflicto como algo deseable e inevitable, no sólo justifica la anarquía en la que los más fuertes avasallan los derechos de los más débiles, sino que, además, convalida el autoritarismo que emana del Estado una vez que las cosas se salieron de control. El Estado está formado por personas, y esas personas tienen intereses contrapuestos con el resto de la sociedad. “El bien común no existe”, aclaman.
Cabe aclarar que los intereses son contrapuestos si son ilegítimos, pues si son legítimos (o sea que no dañan derechos o intereses legítimos de otros) no son contrapuestos sino complementarios. La riqueza no existe por sí misma sino que hay que generarla cooperando. Y cuanta más cooperación haya más riqueza habrá y le será más fácil al Estado distribuir. Por eso, el Estado debe reprimir o desalentar los intereses ilegítimos y proteger y estimular aquellos que son legítimos. Y para lograr esto, lo que ha dado resultados en todo el mundo es la democracia liberal o republicana que ellos tanto critican, con división de poderes, descentralización, independencia de los poderes, Estado de Derecho, transparencia, etc.
El discurso de Laclau y Mouffe, inventores del último recurso del autoritarismo, resulta asombrosamente vacío. Usan palabras difíciles, pero no proponen nada en concreto. Parece más bien un intento por aceptar la democracia sin reconocerle al liberalismo el mérito de haberla inventado, para lo cual usan otros términos que, además, terminan justificando un estilo de gobierno autoritario y confrontativo que puede prevalecer en el marco de una democracia formal, como la Argentina, plagada de impunidad, corrupción, clientelismo, discrecionalidad e injusticias.
Sebreli, en su memorable artículo para el diario Perfil sobre el neopopulismo latinoamericano, lo pone así de claro: “El verdadero pensamiento de los intelectuales K es muy difícil de desentrañar dado que la prosa de Laclau y sus continuadores es críptica, comprensible tan sólo por una élite de iniciados, extraña opción para quienes se proponen ‘la construcción de un pueblo’, ‘la constitución de un nuevo sujeto político’. El estilo de Laclau está empedrado de indefinidos plurales: ‘Ideales emancipatorios’, ‘prácticas articulatorias’, ‘materialidades de la estructura discursiva’, ‘especificidades del vínculo hegemónico’, que traen el eco del barroco krausista-yrigoyenista. Con esa misma jergosidad academicista están escritas las proclamas de los intelectuales K y con la retórica hermética de sus papers o sus tesis universitarias hablan en los medios de comunicación. Más que declaraciones políticas parecen ser ejercicios de estilo. El alambicamiento sustituye a la argumentación y a la ausencia de datos objetivos. La oscuridad oculta la trivialidad y anacronismo de consignas que compañeros de ruta menos sutiles como Luis D’Elía reducen a antagonismos simplistas como pueblo-oligarquía y patria-colonia.”
Para criticar a la democracia liberal o republicana, que ha demostrado buenos resultados económicos y sociales allí donde se la aplicó, incluso más allá de la alternancia partidaria e ideológica, no dejan de señalar el elevado índice de GINI de Chile, país liberal y republicano por excelencia de América Latina.
Sin embargo, no reparan en el hecho de que Chile es el país de América Latina que antes que ningún otro cumplió con las metas para el milenio de las Naciones Unidas, que redujo la pobreza del 45% al 10% en los últimos quince años y que sigue reduciéndola debido a la estabilidad y continuidad de su crecimiento, mientras que países como la Argentina o Venezuela mantienen una pobreza estructural del 30% al 45%.
Tampoco reparan en que el objetivo de un Estado debe ser erradicar la pobreza y darle un nivel de vida digno y aceptable a todos los ciudadanos, y no solamente reducir la distancia entre el quintil que más gana y el que menos gana de toda la población, pudiendo muy bien esta última estadística arrojar una cifra engañosa, debido a que no considera cuánta riqueza se genera en la sociedad en total ni cuánta llega a los sectores más postergados, sino simplemente la diferencia entre el porcentaje que más y menos gana de la población.
En definitiva, los nuevos recursos intelectuales y discursivos del autoritarismo vienen a justificar un orden injusto, arbitrario y decadente, que se niega una y otra vez a implementar medidas y reformas de sentido común que han tenido éxito en todas partes, incluida América Latina, en especial en Chile, pero también cada vez más en Uruguay, Brasil, Colombia y Perú.
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