Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo (Lincoln).

miércoles 21 de octubre de 2009

ELECCIONES 2011: MOMENTO DE NO RETORNO

Las elecciones de 2011 constituirán necesariamente un gran dilema para la Argentina. Sé que puede sonarles a muchos como una afirmación exagerada, pero creo que en dichas elecciones lo que va a estar en juego será lisa y llanamente nuestro futuro democrático. Antes de desechar esta posibilidad de antemano, le pido al lector que por favor se detenga a pensar lo siguiente.
Previo a haber acumulado un poder considerable, Chávez apareció ante las cámaras de televisión aclarando que si él era presidente iba a respetar los capitales privados y a asegurar y alentar las inversiones. Paulatinamente fue acumulando poder mientras su descrédito crecía y generaba la oposición de una cada vez mayor parte de la sociedad. Pero se aseguró de aprobar una ley de medios que le permitiera intervenir en el sector de manera discrecional. Una vez alcanzado esto, nada lo detuvo en su afán por eternizarse en el poder. Se comenzaron a reprimir descaradamente las manifestaciones opositoras, se afianzó una red de clientelismo y adoctrinamiento con fondos públicos, se echó del país al representante de Human Rights Watch por haber denunciado la violación a los derechos humanos en Venezuela y se intentó una reforma de la Constitución, frustrada por muy escaso margen, que aspiraba a hacer de Venezuela un país completamente totalitario.
Por su parte, Kirchner apareció ante las cámaras durante la campaña presidencial de 2003 hablando pésimo de las retenciones, diciendo que las iba a eliminar porque sólo servían para “alimentar la burocracia nacional”. El partido del cual provenía estaba bastante desacreditado y había sido elegido presidente con muy pocos votos, por lo que tuvo que hacer buena letra hasta las elecciones de 2005. De hecho, designó a una Corte independiente y mantuvo en su lugar a Roberto Lavagna, ministro de economía de demostrada seriedad, independencia y criterio. Cuando llegaron las elecciones legislativas de 2005 anunció que plebiscitaría su gestión, negándole simbólicamente al parlamento su rol de control e independencia.
Luego de triunfar en dichas elecciones, se le escuchó decir que a partir de entonces empezaría su verdadero gobierno. Y su verdadero gobierno comenzó. Echó a Lavagna, quien se fue denunciando coimas y capitalismo de amigos; intervino el INDEC, adulterando sus números y quitándole credibilidad a un instrumento de información ciudadana fundamental para la vida democrática; reformó el Consejo de la Magistratura, ampliando la influencia del Ejecutivo en la designación y remoción de los jueces; entró en reiterados conflictos con los integrantes de la Corte Suprema que él mismo había designado y que empezaron a denunciar pinchaduras de teléfonos y amenazas; aprobó una ley de superpoderes con la cual le quitó al Legislativo toda capacidad de control sobre el presupuesto nacional y logró aprobar una ley de servicios de comunicación audiovisual que, de aplicarse sin reformas, facilitaría un proceso ya iniciado de acomodamiento de empresarios amigos en el sector de los medios, le daría al Ejecutivo la facultad de otorgar a discreción las licencias en ciudades de más de 500.000 habitantes, prohibiría la comunicación y difusión de información a nivel nacional protegiendo los cercos informativos de las provincias feudales dominadas por el kirchnerismo y crearía una autoridad de aplicación dependiente del Ejecutivo, con la cual estarían en condiciones de doblegar o condicionar fuertemente a los medios independientes.
La permanente acumulación de un poder exagerado y discrecional por cualquier medio, la mentira descarada, la apropiación de una cada vez mayor cantidad de recursos de la sociedad civil, sus antecedentes feudales y autoritarios en Santa Cruz y la oscuridad y corrupción desenfrenada en el manejo de la administración pública nacional, dejan traslucir una clara tendencia antidemocrática en el proyecto político de los Kirchner. Por su parte, la gente que los sigue evidencia un grado alarmante de cinismo, violencia y fanatismo. Un joven estudiante universitario, en plena edad de supuesto idealismo, llegó a decirme que el millonario, corrupto y prepotente de Moyano era para él un verdadero patriota, mientras que los pequeños y medianos productores agropecuarios eran “oligarcas”.
Debemos recordar que una mentalidad tan siniestra como para encarar un proceso de destrucción y concentración de carácter totalitario ahorra en la medida de lo posible acciones que puedan dañar su imagen y dificultar su proyección política, pero lentamente va preparando el terreno para dar pasos repentinos y autoritarios que no tienen retorno. Ya nos han acostumbrado a los exabruptos de D’Elía, como si fuera un cachorro o un niño inmaduro que a veces se les escapa de las manos a los Kirchner, pero D’Elía sigue ahí, en primera fila en cada acto de gobierno a pesar de haber formado grupos de choque que reprimieron violentamente a ciudadanos inofensivos que se manifestaban con todo derecho y de manera pacífica y espontánea contra el gobierno.
Últimamente, han empezado a circular versiones de que el odioso y violento soldado de los Kirchner estaría formando grupos de choque armados. Tan serias son estas versiones que han motivado pedidos de informe por parte de diputados opositores. Por otra parte, la agrupación Tupac Amaru, artífice del escrache y las agresiones al senador Gerardo Morales, ha reconocido estar recibiendo 7 millones de pesos mensuales del gobierno nacional, lo que evidencia una intención clara de los Kirchner de usar el poder del Estado para generar violencia contra los opositores.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿hasta dónde será capaz de llegar este gobierno en un marco de creciente descrédito si logran poner en funcionamiento un aparato mediático censurador y manipulador como el de Chávez? Controlando los medios de comunicación, con una oposición dividida y aparentemente irreconciliable o fácil de fragmentar desde el poder, con todo el aparato estatal a su favor en un contexto de creciente pobreza y vasallaje clientelar, ¿qué ocurriría si el Frente para la Victoria llegara a ganar las elecciones de 2011? ¿No se animarían acaso los Kirchner incluso a practicar el fraude, como lo hicieron en Córdoba, en Formosa o en Misiones, si la capacidad de reacción y organización de la sociedad civil fuese coartada con éxito por su plan hegemónico y personalista? Ya lo hizo sin previo aviso Ortega, su admirado y aliado presidente chavista de Nicaragua.
No es mi intención, de ninguna manera, promover ningún tipo de levantamiento violento contra los Kirchner, pero tenemos que ser conscientes de lo que los Kirchner serían capaces de hacer si les llegáramos a dar suficiente radio de acción, para participar, controlarlos y limitarlos como corresponde hacerlo en una democracia.
Creo que es fundamental un frente democrático lo más amplio posible, no en contra de los Kirchner sino a favor de una reforma política democrática que instaure por primera vez en nuestra historia una democracia republicana, con división e independencia real de los poderes, con transparencia y legalidad. Este Frente Amplio o Frente Democrático debe ser lo más amplio posible pero siempre y cuando exista un programa de gobierno detallado y consensuado, para que no sea un mero rejunte por el poder, como la Alianza de De La Rúa o el Frente para la Victoria de los Kirchner. Cuando hay un mero rejunte sin bases, valores ni programa en común, las únicas alternativas son la ingobernabilidad o el autoritarismo. Y este último, en el que son expertos los Kirchner, no hace más que facilitar y estimular la corrupción que concentra nuestros mercados y reproduce la pobreza estructural, inexpugnable e insuperable que nos castiga como sociedad desde hace tanto tiempo y que Cristina Kirchner descubrió recientemente cuando visitó Tartagal.
La principal diferencia entre la buena y mala política no es el tinte ideológico de los discursos o el tiempo de existencia del partido, sino, por lo menos en la Argentina, el grado en que un partido se nutre del clientelismo, de las estructuras de vasallaje corruptas y antidemocráticas que se encuentran afianzadas en buena parte de nuestro territorio. Esta es una medida importante a la hora de decidir qué partidos podrían integrar un frente amplio y democrático. Deben ser partidos que consigan sus votos por la comunicación de ideas, que tengan ejes programáticos definidos y que demuestren, no sólo con su discurso, sino también con su accionar, estar a favor de una reforma política que democratice nuestra sociedad y que destrabe nuestro enorme potencial de desarrollo.
La oposición deberá resolver cuál será la forma de generar un consenso lo más amplio posible, si elegir una fórmula de consenso o pactar, como hizo por ejemplo la Concertación chilena, listas de legisladores en común que apoyen para presidente al dirigente en mejores condiciones de llegar a serlo. Los ejes programáticos de la oposición no son para nada incompatibles, sino que, por el contrario, tienen mucho en común y parecen ser fáciles de consensuar.
Un primer gran acuerdo, y al sólo efecto de plantear un ejemplo hipotético, podría darse entre la Coalición Cívica y el PRO, pactando la mitad de los lugares en las listas para cada uno, empezando si se quiere con la CC, que cuenta con mayor estructura a nivel nacional. Una fórmula de consenso podría ser Carrió-Pinedo para el 2011 y Macri-Pérez para el 2015. Podría elegirse a un tercero neutral y convocante como Alfredo de Angeli o bien se le podría dejar el Ejecutivo exclusivamente a uno de los partidos para que el otro se abstenga de participar en las elecciones presidenciales apoyando públicamente al otro y, de esa manera, pueda colocar a su gente en las listas legislativas y al mismo tiempo evitar cualquier sospecha de la población sobre la existencia de un rejunte sin un programa de gobierno definido.
La plataforma de gobierno debería ser de carácter centrista, como se ha llevado a cabo con éxito en tantos países del mundo, como Uruguay o Chile, e incluir una reforma política democrática que destrabe nuestro desarrollo y destierre para siempre toda amenaza feudal o totalitaria contraria a la paz, la libertad y la prosperidad compartida de todos los ciudadanos argentinos.
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